
Lankhar. Diario de una Vampira
Por: Cristina Puig
“Los demonios ya estaban en su interior,
Sus ojos grandes y negros los ocultaban en su sombría profundidad; su rostro estaba pálido por el antiguo veneno. Su boca era sinuosa como una serpiente que pasa,…”
Valérie Penrose. “La Condesa Sangrienta”.
Iglesia de Santo Domingo de Guzmán. San Cristóbal de Las Casas. México.
Una estrecha escalerilla de piedra situada tras el ábside conducía a la cripta. La entrada se ocultaba bajo una losa de piedra que se confundía con el pavimento del templo. El Padre Basilio descendía tan rápido que parecía un joven adolescente en lugar de un hombre octogenario. Sus escasos cabellos blancos caían alborotados sobre su frente. En el rostro enrojecido se reflejaba el esfuerzo que realizaba por bajar, que en aquel momento no parecía sentir. Mantenía la alegría de un colegial.
―Rápido, sígame, en silencio ―ordenaba a Liliana en voz baja. Ella aún no se había hecho la idea de que aquel hombre menudo fuese a brindarle la oportunidad de ver algo que durante tantos años se había mantenido oculto a la humanidad.
Basilio tenía muy buenas referencias de Liliana: era experta en ocultismo, arqueóloga, y una persona versada en diversas materias: historia, botánica, folclore o zoología. Sus publicaciones gozaban de gran prestigio a nivel mundial. Poseía asimismo otras cualidades que la hacían única. Era una mujer cuya belleza inusual atrapaba a primera vista. Su larga melena de fuego resplandecía sobre sus perfectos hombros, y caía a ambos lados de su cara angelical, en la que destacaban sus ojos de miel sobre la tez tostada. Su delgada figura atenuaba aún más su belleza.
El interior de la cripta era claustrofóbico. El tiempo había dejado su impronta en aquel siniestro lugar de cuyas paredes de roca viva colgaban telarañas. Toda la iluminación procedía de un mugroso fluorescente situado en el techo bajo el cual se disponía una mesa de madera carcomida y dos viejas sillas con asientos y respaldos forrados con una tela amarillenta deshilachada.
Ambos tomaron asiento. Liliana pudo distinguir sobre la mesa un objeto rectangular envuelto en algo que parecía ser la piel de un animal.
Basilio se dispuso a desenvolver aquel objeto. Las lágrimas resbalaban sobre su tez. No era capaz de contener la emoción. El interior contenía un extraño libro, estaba muy deteriorado. Sobre la cubierta, forrada en terciopelo negro podía leerse en letras rojas: Diario de Lankhar. Crónicas de Lash. Bajo el título, a modo decorativo, aparecía una gran cruz estampada en el mismo color de las letras, y a su derecha una firma: Lankhar. Reina de Lash.
―Voy a contarte una historia jovencita, espero que escuches atenta ― dijo el Padre clavando sus vivarachos ojos sobre la arqueóloga:
Durante miles de años, bajo el subsuelo de nuestra ciudad y de todas las del mundo, han convivido diversas razas de no muertos, seres depredadores. Entre todas ellas sobresalió una: los Lunghtur, que era la raza más temida pero a su vez más admirada y respetada. Su predilección por la sangre y sus instintos asesinos les presentaban frente a otras como una de las más salvajes y violentas, pero a su vez como una de las más nobles e inteligentes.
Sus miembros, procedían de un antiguo linaje descendiente de una estirpe de magos hechiceros: los Lungk. Adoradores de cultos relacionados con el más allá, realizaban sacrificios animales, y practicaban la adivinación.
Los Lunghtur moraban en el Reino subterráneo de Lash, que fue construido por los Lungk. Este se asentaba bajo nuestra actual ciudad. Constituían el reino extensas galerías de túneles excavados en la roca viva interconectadas entre sí, y espaciosas salas con altas paredes donde las estalactitas pendían del techo como suspendidas en el aire. En aquellas salas el clan celebraba sus concejos, comidas, orgías y rituales. Envolvía todo ese submundo un halo de misticismo y misterio cuyo aspecto escapa a la imaginación humana y a los lugares donde se quiebran los límites entre la imaginación y la fantasía.
―Un momento―interrumpió Liliana―es absurdo, ¿me está tomando el pelo padre?― dijo la arqueóloga.
―Ambos sabemos que los vampiros no existen, es solo un mito creado por la imaginación humana. Yo misma he estudiado muchísimos casos que pretendían relacionarse con la figura de vampiros y pretendían probar su existencia, tales como la porfiria. Pero Padre, me está diciendo usted que el vampiro, el mismo que creó Bram Stoker existe, es absurdo.
El padre, al oír aquellas palabras frunció el ceño, sus ojos se encendieron como antorchas en llamas y gritó enfurecido:
―Lo que digo es tan real como la sangre que corre por mis venas!. Podrás comprobarlo con tus propios ojos!― prosiguió entonces:
La apariencia física de los Lunghtur se alzaba como bandera sobre otros clanes. Se caracterizaban por sus penetrantes ojos dotados de un brillo blanquecino particular en las pupilas, por su faz extremadamente delgada, su pálida piel y por tener los colmillos delanteros mucho más largos y afilados que los de cualquier otra raza. Sobre la espalda todos ellos presentaban una pequeña cicatriz en forma de cruz.
La relación entre los miembros del clan era de respeto mutuo. Se trataban con cordialidad, aunque era común que surgieran rivalidades, sobre todo a la hora de compartir presas. A menudo salían al mundo de los mortales en busca de alimento a través de alcantarillas y pasadizos subterráneos, devorando todo ser con vida que encontraran a su paso, tratando de no dejar rastro. En muchos casos enterraban los cuerpos sin vida de los que habían absorbido la sangre y en otras ocasiones acababan por devorarlos sin dejar rastro.
―El libro que tienes frente a ti, Liliana, revela algunos de los secretos mejor guardados de los Lunghtur. Describe sus costumbres, ritos e incluso incluye ilustraciones que describen su apariencia física… A su vez sirve como testimonio de aquella que lo escribió: una vampira llamada Lankhar, que gobernaba el Reino de Lash ―.
Liliana había quedado tan sorprendida ante todo aquello que por un momento no reaccionó, no podía acabar de creerlo. La sangre parecía no fluir por sus venas. Después volvió a la normalidad.
Basilio abrió el libro por la primera página. Los caracteres habían sido escritos en una lengua semejante al latín, estaban plasmados sobre pergamino con sangre usada a modo de tinta.
Con la descripción de los Lunghtur que el Padre había dado y la firma de Lankhar sobre la cubierta, la imaginación de Liliana se disparaba. Podía imaginar a la vampira sentada junto a un escritorio de caoba escribiendo sobre aquel libro, mojando una pluma con delicadeza en un gran tintero de plata repleto de sangre.
―Debo decirte que el libro revela uno de los secretos mejor conservados durante siglos por muchos clanes de no muertos. Como bien sabrás son seres inmortales. El ser humano no puede acabar con su vida, pero, lo que nadie sabe, es que un vampiro si puede acabar con la vida de otro. Si esto sucede, el vampiro muerto queda transformado en un “aenima”, un espectro errante que se dedicará a vagar por el mundo para la eternidad.
―Y, ¿cómo puede un no muerto acabar con otro? ―preguntó Lialiana.
―El único modo es clavarle una estaca en el corazón, pero esta debe ser de cobre, pues ningún otro material logra tal efecto.
Según relata el libro, Lankhar como Reina del clan, era la única encargada de ostentar el conocimiento del libro y velar por su conservación. Los Lunghtur conocían la existencia de las Crónicas pero estaba terminantemente prohibido leerlas o hacerse con ellas, pues contenían dicho secreto. En caso de desobediencia aquel que las leyera sería desterrado y condenado a no poder regresar jamás al reino.
Asimismo, las crónicas mencionan la existencia de un anillo de poder que debía lucir siempre la Reina. Este poseía un extraño poder: Tenía la facultad de atraer almas de vampiros que habían muerto a manos de sus semejantes para siempre, es decir, de “aenimas” o almas errantes.
Diario de Lankhar
Una noche, en el cementerio de Órdex, condado cercano a San Cristóbal de las Casas, algo inusual había ocurrido. Algo que contradecía por completo lo que las Crónicas relataban sobre la inmortalidad de los hijos de la oscuridad.
02:35 horas. Cementerio del Condado de Ordex.
La reina de los Lunghtur, Lankhar había muerto. No regresaría jamás. Sus miembros sin vida yacían sobre una enorme losa de piedra helada, frente a la que se levantaba una cruz de metal negra corroída por el óxido que el paso del tiempo parecía haber dejado en aquel lugar.
Una estaca de cobre le atravesaba el corazón, del que manaba sangre reseca. Su cabello, negro como la noche, caía a ambos lados de la cara, deslizándose sobre su desnudo cuerpo. Su piel, en vida aterciopelada y pálida, objeto de deseo ante cualquiera, tenía ahora el aspecto de un viejo guante. El rostro reflejaba una profunda serenidad, parecía no estar muerta sino sumida en un intenso sueño. La blanca piel resaltaba sobre el oscuro color de la losa donde reposaba. De sus labios manaba un estrecho hilo de sangre fresca que, contrastando con la palidez de su piel era el único signo de vida que reinaba en aquel ambiente. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y parecía acunar la noche. Los dedos huesudos y filamentosos semejaban raíces nuevas brotando de un árbol, acababan en alargadas y afiladas uñas de un tono grisáceo. En su dedo anular, el brillo de un anillo resplandecía como una única estrella en el cielo oscuro. Coronaba la joya una piedra de ámbar ovalada engarzada en una estructura en forma de hoja de plata, que en aquellos momentos había tomado un color ocre muy intenso casi rojizo.
Frente a Lankhar se alzaba una figura espectral que parecía estar hecha de niebla, una mujer cuyo cuerpo estaba cubierto por una especie de túnica que le tapaba la mitad de la cabeza. El anillo de la Reina había atraído el “aenima”, de una vampira a la cual había matado algún otro no muerto.
El silencio abismal inundaba la noche. Un halo inquietante se cernía sobre aquel lúgubre espacio donde descansaban cientos de almas. De pronto, algo quebró el silencio: el aullido prolongado de un lobo cercano al cuerpo.
Lankhar abrió los ojos súbitamente. Su cuerpo cobró vida estremeciéndose como el de un animal retorciéndose de dolor. Un sonido gutural semejante a un aullido salió de su garganta, seguido de un chorro de sangre que brotó de su boca con brusquedad. El cuerpo se incorporó, arrancándose la estaca del corazón, y la losa se tiñó de rojo…Aquella hija de la noche no había muerto, había regresado al mundo, y comenzó a caminar firme en su único propósito: buscar a su asesino hasta la eternidad: el vampiro Zhiel.
―¿Cómo pude regresar a la vida? ―se preguntaba en voz baja Lankhar. Cuando de pronto, la voz de la “aenima” respondió en voz alta:
―Zhiel quiso condenarte a morir para la eternidad, pero yo te hice regresar ―.
Frente a la vampira se erguía una figura espectral, su silueta de niebla, tenía forma de mujer. Vestía una larga túnica y portaba una especie de corona oscura en la cabeza en forma de serpientes. Sus cabellos azabache caían lacios a ambos lados de la cara.
―¿Quién eres? ―. Preguntó Lankhar.
―Me llaman Tigah. Hace miles de años fui la mejor hechicera del Reino de los Lunghtur hasta que morí asesinada a manos de uno de nuestros hermanos hace unos días, un vampiro llamado Zhiel. El mismo que trató de acabar contigo. Mientras clavaba una estaca de cobre en mi corazón, chillaba:
―Seré coronado Rey de los Lunghtur! ―.
Tigah le describió como era el vampiro con gran detalle a Lankhar, explicándole que la había asesinado sin motivo alguno. Aunque la Reina ya sabía cómo era el vampiro, pues lo conocía desde hacía mucho tiempo.
La hechicera prosiguió:
―Hoy, el poder de tu anillo me ha atraído hacia ti, en este cementerio. Después de que Zhiel atravesara tu corazón y se marchara, he realizado un poderoso conjuro logrando evitar tu condena a convertirte en un espectro como yo.
«Entonces…lo que dicen las Crónicas sobre nuestra muerte no es cierto del todo… Cuando uno de los nuestros mata a otro existe una posibilidad de salvarse, el anillo…» pensaba Lankhar. Se disponía a preguntar a Tigah cual era el conjuro que había realizado para devolverla a su estado pero la hechicera ya se había esfumado entre la niebla.
La búsqueda: Zhiel
El faro se alzaba en uno de los lugares más solitarios de Órdex, sobre una pequeña colina, junto al océano. La humedad había dejado huella en la construcción descamando la pintura blanca y azul, dejando a la vista la piedra viva como un alma descarnada.
A Zhiel le gustaba subir allí las noches de luna llena y observar a lo lejos como el condado quedaba dormido, colgando de alguna estrella. Las luces de las casas se iban apagando una a una dejando paso a la oscuridad más absoluta de la que él podía sentirse partícipe en aquellos momentos.
El vampiro pasaba largas horas en aquel faro, aunque el tiempo ya no suponía nada para él, existía como algo más, pero no podía sentir su paso; es más, ya no podía poseer ningún tipo de sentimiento. Los había ido perdiendo.
Pero algo quedaba en su interior que aún lo asaltaba: el remordimiento por la muerte de Lankhar. Su imagen y recuerdo se presentaba día tras día en su mente. La había matado pero tenía una extraña sensación, parecía estar aún junto a él.
―No debí hacerlo, la amaba. Antes la noche era vida, ahora su manto negro se cierne sobre mí día tras día pretendiendo ocultarla para siempre.
Junto al olvido yace en mí la raíz que me alimenta,
y a la vez por la que muero,
Tiempo atrás, como si fuera hoy,
retengo el latir de su corazón eterno,
el que abrió mi alma, que ahora es de hielo,
Una cruz de mármol yace ahora sobre su alma, en el suelo,
ella no me ve pero yo la observo,
ahora es un espectro, un árbol seco,
el sentir que siento por alguien muerto me mata por dentro,
por el, mi magia y lamento ahora libero.
Ahora no me queda nada, tan solo ser en quien me he convertido… Nunca debí robar las Crónicas del Reino, tampoco leerlas. Aunque debo ser fuerte ―se lamentaba el vampiro en voz alta, dirigiendo su mirada vacía hacia la luna llena.
El camino de salida del cementerio conducía a un pueblecito cercano a Ordex. Lankhar andaba desnuda entre brumas de niebla, sostenía aún la estaca de cobre con la que había sido asesinada en su mano derecha. Tras recorrer algunos metros, ocultándose tras un árbol, observó que varios policías cargados de armas y dispuestos a disparar en cualquier momento, aguardaban frente a la casa de una mujer. Tras ellos se agolpaba una multitud de vecinos.
La mujer, arrodillada en el umbral, exclamaba llorando:
―Han devorado a mi marido, todo está lleno de sangre, ayúdenme por favor! ¿ Quién o qué pudo hacer algo así?―
Uno de los agentes preguntó:
―¿Ha visto algo?
―No he visto a nadie, estaba en el sótano buscando ropa para planchar, y al subir a la cocina encontré el cuerpo de mi marido sin vida, ensangrentado, no oí ni un gemido, nada! por favor ayúdenme, quiero que lo encuentren y lo maten!.― exclamaba con ira.
―Tranquilícese señora. Lo encontraremos ―respondió el policía ―.
―Pero agente, ¿qué está ocurriendo? Ya han asesinado a tres personas esta semana, la semana pasada fueron cuatro víctimas―.
― La gente desaparece y… ¿no saben nada?―gritó un vecino con histeria.
Tras presenciar aquella escena, Lankhar se alejó de allí, recorrió varios kilómetros, y exhausta, llegó a un estrecho desfiladero que conducía a una playa. Sabía que Zhiel se encontraba cerca de aquel lugar. Podía sentir su presencia.
Por un momento pudo recordar como en el pasado, deslizaba los colmillos por su blanco cuello de porcelana, evitando morderla a pesar de los deseos que sentía, susurrándole al oído:
―Serás mía, soy tu sangre―.
Aún podía sentir sus manos, su tacto de ceniza acariciando su cuerpo. Volvió también a su mente el recuerdo de la primera vez que cruzaron sus miradas en un banquete celebrado en el Reino de Lash. Recordaba los días que pasaron juntos desde entonces; los mejores de su vida.
Sin embargo, en aquel momento, su único deseo no era deleitarse con recuerdos, sino encontrar a Zhiel y condenarlo a ser un espectro como los que su anillo tenía la capacidad de atraer.
En la playa, el silbido del viento y las olas que chocaban salvajemente contra las rocas eran los únicos sonidos que quebraban el silencio. Lankhar sujetaba con fuerza la estaca, sus ojos estaban llenos de ira. La vampira notaba una extraña sensación que la atraía con fuerza hacia el mar.
Al observar su anillo, se percató de que cuanto más se aproximaba al mar, más intenso se volvía el color de la piedra, más fuerte era su brillo. Se acercó más, y al llegar frente a la orilla se metió en el agua, hundiendo por completo su cuerpo en el océano. Buceó hasta la profundidad, y una vez que llegó a tocar la arena del fondo, se metió a través de una roca agujereada, atravesándola, ascendió, llegando a una cueva natural cuya superficie contenía oxígeno.
Salió del agua y, adentrándose en la cueva lo primero que vio fue una enorme montaña de cadáveres cuyas extremidades estaban separadas de los cuerpos. El efecto era devastador, el edor insoportable; sangre reseca y fresca se mezclaba sobre cuerpos putrefactos y destrozados. Al contemplar la escena, le invadió una sensación de asco y de deseo a la vez. La idea de disfrutar bebiendo toda aquella sangre que manaba la seducía profundamente, pero por otra parte presentía que los cuerpos podían pertenecer no solo a humanos sino a alguien de su propia raza, ello le repudiaba. El color de la piedra del anillo era en ese momento casi rojo.
En el fondo de la cueva, sobre un gran charco de sangre reposaba el cuerpo de un hombre desnudo tendido boca abajo. Estaba repleto de heridas. A su lado, Zhiel de rodillas se relamía una mano ensangrentada. Lankhar al verlo, se sorprendió de lo mucho que había cambiado físicamente desde la última vez que lo vio. La expresión de su cara ya no mantenía aquel aire inocente de antaño, su rostro denotaba únicamente perversidad. No había envejecido, continuaba teniendo aquella cara de adolescente. Ya no vestía las lujosas ropas de antaño, trajes de terciopelo negro a juego con el color de su larga cabellera, ni camisas de un blanco inmaculado sobre las que le agradaba que resaltara el color de la sangre de las presas que cazaba. Sus ropas estaban sucias y húmedas. Llevaba un blusón gris y unos pantalones raídos e iba descalzo. El único rasgo que permitía identificarlo como el ser que había sido era su lacia cabellera azabache.
Ahora se asemejaba más a una bestia que a un vampiro: sus colmillos llenos de sangre, los ojos blanquecinos brillantes y su pose acentuaban aún más tal efecto.
Al advertir la presencia de Lankhar, el vampiro se incorporó con rapidez. Ella se acercó caminando con lentitud, desnuda. Sus ojos brillaban de una manera sobrenatural, parecía poseída por una fuerza superior. En una mano sostenía la estaca, en la otra lucía el anillo cuyo brillo se hacía cegador. Al verla se sintió sobrecogido, pero, transcurridos unos instantes se armó de valor y se acercó a ella con decisión y dijo con voz profunda:
―Cómo has regresado? Deberías ser un “aenima”, yo mismo te clavé una estaca en el corazón. ¿Cómo me has encontrado? ―.
―Me extraña que no lo sepas― respondió ella. Si has leído ya las Crónicas que tienes en tu poder conocerás la existencia del anillo, el mismo que atrae las almas de vampiros asesinados por otros. De no haberte preocupado tan solo el ansia de poder y la sed de sangre lo sabrías. Veo que has perdido incluso la facultad de pensar. El anillo me guió hasta aquí. Sobre esta montaña de cadáveres hay algún hijo de la noche como nosotros, al que has asesinado con una estaca de cobre.
―No!!!― replicó el, gritando. ―Ya no soy un hijo de la noche ni un Lunghtkur, no puedes imaginar la cantidad de poder que he adquirido y lo que sería capaz de hacer.
Una noche, en el Reino, te seguí hasta tus aposentos sin hacer ruido, y te sorprendí leyendo las crónicas. Yo no sabía de su existencia, pero día tras día me dedicaba a espiarte, me intrigaba saber cuál era su contenido. Descubrí que las guardabas con recelo en un gran cofre, bajo llave.
Un día te ausentaste del Reino y robé la llave que estaba guardada en el interior de una copa, en el aposento. Abrí la cerradura del cofre y las leí. En ellas descubrí secretos inimaginables como el modo con el que un Lunghtur podía acabar con la vida de otro.
A partir de entonces puse en práctica lo que decían, y observé que cuantas más vidas me cobraba, más poder adquiría y más fuerte me sentía. Por eso, desde aquel momento me he dedicado a ello en exclusiva. No imaginas cuántos espectros he creado. Cuantas más vidas me cobraba más salvaje me sentía: las pasiones, los sentimientos… todo iba desapareciendo en mi interior. Así me fui convirtiendo en lo que ahora soy.
El poder me guiaba y dominaba. La idea de acabar con la vida de la Reina Lunghtur me llegó a obsesionar ya que si lo hacía tendría la capacidad de dominar al clan, pero antes de eso, acabé con la vida de otros Lunghtur en aquel cementerio. Después te clavé la estaca en el corazón y quise robarte el anillo pero no lo logré, al tratar de quitártelo el metal me quemó la mano dejando una profunda marca en ella, y me alejé de allí― dijo mostrando una cicatriz en la palma de su mano.
Lankhar, ante tal explicación lo miró con tristeza y contestó:
―Aquella noche, en el cementerio de Ordex, me clavaste la estaca sin piedad sobre una losa de piedra tan helada como tu corazón. Yo aún te amaba, pero apenas te reconocí al dirigirte hacia mí con la estaca en la mano. El anillo que aún conservo me salvó la vida. Su poder atrajo el espíritu de un “aénima”, un espectro liberado del cuerpo de una vampira que habías asesinado, la hechicera Tigah, ella me salvó de la condena.
Ahora debes pagar por todo lo que me hiciste y debo anular todo tu poder para que no hagas más daño a los nuestros.
―¿Cómo sabe usted todo eso Padre Basilio? ―interrumpió Liliana.
―El libro, fue encontrado por unos obreros en una mina cercana a esta parroquia. Sobre él, se encontró esto ―dijo sacando una caja de debajo de su indumentaria que contenía el anillo de Lankhar ―.
―Confesaré que me puse el anillo en una ocasión. Después de leer el diario de Lankhar, necesitaba saber que se sentía al llevarlo. Fue hace tres años, en esta misma cripta. La piedra comenzó a cambiar de color con rapidez, y frente a mí apareció el espectro de Tigah la hechicera. Me contó con detalle toda la historia. Puedo asegurarte que su imagen aterradora, quedará grabada en mi retina de por vida. Ante el espectro no fui capaz de reaccionar, quedé atónito. De pronto se me ocurrió quitarme el anillo antes de que terminara de contarme la historia y ella desapareció. Nunca supe nada más sobre los Lunghtur.


